lunes, 16 de enero de 2012

Logia militarista juega “cuadro cerrado” para tratar de impedir el cambio


Por Radar de Los Barrios, 08/01/2012

¿Por qué el teniente Diosdado Cabello -derrotado electoralmente por el pueblo de Miranda, rechazado tenazmente por el pueblo de Monagas y repudiado por las propias bases del chavismo en la elección de la Dirección Nacional del PSUV, a la que sólo pudo entrar como suplente- es ahora designado a dedo Jefe del partido y presidente del parlamento? ¿Por qué Jaua fue enviado a perder en Miranda, Maduro enviado a una derrota segura en Carabobo y Tareck El Assaimi a sufrir el mismo castigo en Táchira? ¿Por qué Dante Rivas, quizá el único funcionario eficiente de todo el gobierno nacional, fue defenestrado en su aspiración de ser el candidato chavista a la gobernación de Nueva Esparta, y se le entrega esa posición al gris Ministro de Defensa saliente, General Mata Figueroa? ¿Por qué se usa el Templo de la Virgen de Coromoto en Guanare para anunciar al país y al mundo que el nuevo Ministro de Defensa es el General Rangel Silva, acusado por Estados Unidos de tener vínculos con el narcotráfico?

La respuesta no es accidental, ni está atada sólo a la coyuntura. La respuesta verdadera hunde sus raíces en la historia del país: Como acertada y tercamente ha advertido Germán Carrera Damas, la confrontación que hoy vive Venezuela no es en realidad entre “izquierda y derecha”, entre “chavismo y antichavismo” o entre “pobres y ricos”. Esos son espejismos. Lo que estamos viviendo y sufriendo los venezolanos es un nuevo capítulo, muy probablemente el último, de la bicentenaria confrontación entre el bando militar-militarista (acostumbrado a manejar al país como un hato de su propiedad o, peor aún, como “botín de guerra”) y el proyecto civil-civilista de construir en el territorio de la antigua Capitanía General una República liberal y democrática.

LO MILITAR, PRIMERA VÍCTIMA DEL MILITARISMO
En un país “normal” seria innecesario hacer la precisión pero en un ambiente polarizado, como el que actualmente signa la política venezolana, puntualizar es indispensable: Enfrentar el militarismo no es expresar prejuicio alguno contra lo militar. Muy por el contrario, denunciar el militarismo es defender la institución armada. Mientras lo militar es una profesión, el militarismo es una desviación, una perversión, una excrecencia, que consiste en intentar aplicar los usos, códigos y mentalidad de lo militar a todos los ámbitos de la vida social. El diccionario de la Real Academia lo define como “Preponderancia de los militares, de la política militar o del espíritu militar en una nación”. Simón Bolívar fue mucho más preciso: “Es insoportable el espíritu militar en el mando civil”, afirmó tajantemente en carta del 13 de septiembre de 1829 dirigida a Daniel Florencio O’Leary. Ese “insoportable espíritu de lo militar” en la administración, liderazgo y conducción de la que debe ser una República civil se expresa hoy no solo en el verbo militarizado del poder, que llama “Comandante-Presidente” al Jefe del Estado, sino en las estructuras mentales que el verbo hace evidente: En las coordenadas institucionales de la República civil, el Presidente es un servidor público, un empleado del pueblo, alguien seleccionado por los electores para hacer un trabajo y a quien se le paga un sueldo para ello. En las retorcidas supersticiones del militarismo el Jefe de Estado puede ser un “Amado y Querido Líder”, como en Corea del Norte, un “Caudillo por la Gracia de Dios”, como en la España de Franco o un… “Comandante-Presidente”, como en el ¿ya desfalleciente? Chavezato criollo.

EL MILITARISMO, ENEMIGO DE LOS MÁS POBRES
Los daños que el militarismo hace a la institución militar y al país en general no se circunscriben a lo conceptual, lo cultural, lo ideológico. El militarismo coloca la institución armada al servicio de un proyecto de poder, de una facción partidista y, en última instancia, de un “líder”, que por esa razón habla de “mi” Fuerza Armada, o de “mis” generales. De esta forma el militarismo termina exponiendo a la institución armada a la desconfianza, el temor y la antipatía de todo aquel que no esté de acuerdo con ese liderazgo o con ese proyecto. Así la Institución Armada deja de ser percibida como una institución de todos, y pasa a ser vista por diversos sectores de la población como apéndice armado de un proyecto político específico, lo cual constituye un grave daño, tanto para la imagen y prestigio de la Fuerza Armada como para la calidad de la democracia venezolana.

“Cada presidente gobierna con su gente, eso es normal”… “Un presidente debe gobernar con gente de su confianza, sino ¿Cómo hace?”… Expresiones como estas han sido utilizadas para intentar justificar el actual copamiento de la estructura del Estado por militares activos transformados súbitamente en gerentes públicos, sin tener en muchos casos formación profesional, experiencia gerencial y ni siquiera conocimiento empírico de las realidades que les tocaría administrar. Desde Vivienda y Hábitat hasta Seguridad Ciudadana, pasando por la Salud Pública y el almacenaje y distribución de alimentos, son numerosas las áreas de gestión pública que han sido “colonizadas” por presuntos “gerentes militares”, con resultados que no pueden ser catalogados de otra forma que desastrosos, sobre todo por sus efectos sobre la calidad de vida de los más pobres. No en todos los casos, por cierto, tal deficiencia en el rendimiento de la “gerencia pública militar” se debe a fallas imputables a las personas nombradas en tales cargos. Existe una razón previa, más amplia, y más contundente: Al extraer a un gerente de la cultura corporativa que sirvió de marco a su formación y desempeño, y colocarlo en un marco distinto, en una escala completamente diferente y en una cultura institucional con valores a veces antagónicos con los predominantes en la estructura militar, el resultado no puede ser otro que el desastre, que afecta ahora no a una institución sino a todo un país, y sobre todo a quienes menos tienen. Si lo dudan, recuerden la “reconstrucción” de Vargas, el escándalo de PUDREVAL o el desastre de la Misión “Barrio Nuevo, Barrio Tricolor”, tres situaciones que ejemplifican con claridad como la perversión militarista del poder termina victimizando al pueblo al que dice servir.

PAIS VIVO VS. MUSEO DE CERA
2012 puede ser la puerta al cambio. Ante esa posibilidad, la “estrategia” del bando militar-militarista esta clara: “Congelar” al país, detener los cambios “en nombre de los cambios”, convertir a Venezuela es una especie de museo de cera al estilo Cuba o Corea del Norte, para que el “Querido Líder” pueda morirse en el poder, cuando le toque, y dejar en el mando a su hermano o su hijo. Frente a esa pretensión estática, el país vivo tiene por delante un menú de dinámicas opciones, a cual más interesante, que son las presentadas por los diversos pre-candidatos de la Alternativa Democrática. Los venezolanos tendremos la oportunidad el próximo 12 de Febrero de escoger entre esas opciones la que garantice no solo la derrota electoral del desastre actual, sino además la que más abone a la construcción de un futuro de gobernabilidad para que los cambios por venir se produzcan como debe ser: En paz, democracia y libertad. Ese es el camino, civil y civilista, de la Venezuela posible y necesaria.

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